En 2011 alambré un pedazo de tierra en Córdoba y comencé a pagar los impuestos, lo que se llama legalmente comenzar a ejercer actos posesorios. Al hacerlo, conocí a otras personas –casi todas mujeres– que estaban haciendo lo mismo, no de manera aislada sino de manera colectiva, en otras partes de las sierras. Estas personas, principalmente provenientes de Buenos Aires y Córdoba, se establecieron en terrenos fiscales y comenzaron, de a poco, a habitar ese espacio. Si antes la consigna de la tradicional canción de protesta era “a desalambrar”, manifestándose en contra de la propiedad privada, ahora la consigna en estos espacios es la opuesta: ir y alambrar. Delimitación y uso del espacio. La propiedad privada como enunciado, como voluntad que indica: señalar, delimitar, poseer.


Lo que me interesa del universo de estas formas de habitar es que proponen otro tipo de relación tanto con el espacio como con el tiempo. No solo se trata de ocupar un espacio sino también de ocupar el propio tiempo en la actividad misma de esa ocupación espacial. Esta doble ocupación, sobre la que reflexiona la artista alemana Hito Steyerl es sobre lo que me interesa reflexionar aquí. Dice ella; “la ocupación obliga a invertir las dimensiones ordinarias del espacio. El espacio, en una ocupación, no es mero contenedor de nuestros cuerpos, es un plano de potencialidad que había sido inmovilizado por la lógica de la mercancía. En una ocupación hay que implicarse en el espacio topológicamente, como estratega, preguntando: ¿qué son estos agujeros, entradas, salidas? ¿cómo se puede desalienar, desidentificar, hacerlo inoperante, hacerlo común?”


El proceso es de largo aliento, adquiere diferentes formas y habilita diferentes intercambios. Videos, fotografías, acciones y marcos legales constelan alrededor del mismo desafío, el de pensar otros modos posibles de vida, otra relación con la tierra que no sea su posesión. Como un hackeo a las lógicas de la especulación inmobiliaria y las políticas restrictivas de acceso a la tierra.