Recorro en el auto una ruta desconocida. Miro atentamente las casas, en medio de la nada, e intento figurarme un recorte: convierto a esos espacios en lugares imaginarios que no pertenecen a ninguna localidad; parajes dispersos, generalmente identificados con el nombre del colectivo. Entonces me detengo. La ruta está en silencio. Apago el motor y me bajo del auto: se enciende la luz de la cabina y unos perros lejanos empiezan a ladrar. Mientras me preparo, pienso en la idea de una doble exposición: la de quienes están adentro sin saber que alguien se planta enfrente de su casa para fotografiarla, y la mía propia, ante la latente posibilidad de que alguien mire hacia afuera y me descubra en una actividad sospechosa. Un amigo me advirtió: "Te van a clavar un balazo; en el campo disparan sin más". Pero la que dispara soy yo. Las cosas hacen silencio, como si el material fuera sensible al sonido y las palabras en mis pensamientos pudieran quedarse adosadas ahí, en un metadato de la emulsión. Entonces empieza a escucharse todo, y yo percibo la distancia. No hay presente, pienso, el tiempo es un continuum que la fotografía selecciona y fragmenta.